Jiliny nació con mal formación de sus extremidades superiores e inferiores. Su mamá Angela se enfermó de varicela durante el embarazo por lo que fue un parto de alto riesgo. Al momento de dar a luz, no acudieron a ningún hospital, la niña nació en el humilde hogar, con ayuda de su papa Mario.
“Al nacer mi hija venía enrollada, era una bolita y yo me decía que no era normal, que los niños no nacían así, pero mi marido para tranquilizarme o porque él realmente quería creerlo me seguía diciendo una y otra vez que era normal, que no había nada extraño. A los pocos días la llevamos a un hospital para un chequeo general. Yo quería esconderla de la mirada de los demás, era mi manera de protegerla, pero mi esposo me regañaba, me decía que no haríamos ninguna diferencia... todos nuestros hijos serían tratados de la misma manera.
Aunque no era el primer niño que llegaba al mundo con un problema de discapacidad, el doctor fue tajante en su diagnostico, la niña nunca caminaría. Pero nosotros comenzamos hacer hasta lo imposible para que mejorara sus brazos y piernas retorcidas, mi marido le ponía cajitas de fósforos en las manitos y trataba de que sus piernas se mantuvieran rectas. Para mi esposo era un hecho que algún día caminaría.
Un día conocí de Los Pipitos y la llevé, me atendieron y me mostraron como hacerle terapia, masajes y los ejercicios de estimulación. Mi familia entera se involucró con la rehabilitación de la niña. Un día Jiliny intentó caminar, se tropezaba, pero ella lo intentaba y lo intentaba, mi esposo veía que el esfuerzo de nuestra hija comenzaba a dar fruto, pero me lo mantenía en secreto.
Un día llegué de mi trabajo y mi marido me detuvo y me dijo te tengo una sorpresa mi niña comenzó a caminar hacia mí, en las puntitas de los pies, pero caminaba y yo lloraba y mi vecina también y no dejábamos de agradecerle a Dios, nunca pensé que ese día podría llegar.
Pasó un tiempo hasta que en las cercanías de Masaya, se instaló, una brigada de salud, los doctores me dijeron que podían operarla de sus extremidades inferiores, pero que no era posible de las manos. Las enfermeras estaban impactadas por la fortaleza de la niña mientras Jiliny, exclamaba ´´ no voy a llorar porque yo quiero estar bien, quiero caminar, por eso no siento dolor´´. Tres meses estuvo enyesada al quitarle el yeso, ella sentía miedo, pero pudo poner todo su pie en el suelo, sin estar empinada y sin caerse.
Hoy por hoy Jiliny, baila, puede andar en bicicleta, se peina y no para de reír y de jugar. Mí niña avanzó muchísimo gracias al núcleo familiar, a Los Pipitos y a su perseverancia.”